Todo en este libro es excelente. Por separado, los textos de Fermín Herrero y las fotografías de Henar Sastre merecerían ser calificados así, pero la suma propiciada aquí y el tratamiento editorial que se le ha dado, hacen que el conjunto se convierta en uno de los mejores libros publicados en los últimos tiempos en España. La editorial Páramo ha acertado plenamente al entregar a lo lectores este volumen hermoso, delicado y estremecedor, completando un catálogo que ha crecido en extensión, diversidad y calidad en los últimos años, sin perder la personalidad como sello editorial.
Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963) es una de las grandes voces poéticas españolas de la última década. Aunque su obra es muy anterior y apreciable, desde el 2011 ha dado a la imprenta una gavilla de poemarios que merecen cada uno de ellos la definición de obras maestras, mucho más allá del uso tópico de esta expresión: Tempero (2011, Premio Alfons el Magnànim), La gratitud (2014, Premio Jaime Gil de Biedma y Premio de la Crítica de Castilla y León), Sin ir más lejos (2016, Premio Jaén de Poesía y Premio de la Crítica de la poesía castellana). Antes habían venido Anagnórisis (1995), Echarse al monte (1997, Premio Hiperión), Un lugar habitable (2000), El tiempo de los usureros (2003) o Tierras altas (2006). A lo largo de su trayectoria, pero especialmente en los últimos años, Fermín Herrero ha conseguido un estilo propio, reconocible, basado en una forma de mirar el mundo hondamente reflexiva y con un especial vínculo con la naturaleza y el paisaje y una sintaxis poética personal a la hora de tratar el verso que adentra al lector en un terreno nada usual en los tiempos que corren. Pocos son los poetas que pueden presentar estos méritos en el balance de una obra.
Henar Sastre es una fotógrafa de largo recorrido. Vinculada profesionalmente al periódico El Norte de Castilla desde 1988, se ha acercado siempre al mundo de la cultura. A ella se deben gran parte de los mejores reportajes fotográficos en este campo de las actividades desarrolladas en Valladolid y algunas de las colecciones más importantes de retratos de escritores. También ha desarrollado un camino artístico de notable interés, es miembro del colectivo Simancas, villa del arte y de la asociación AVA, artistas plásticos. En su currículum hallamos un gran número de exposiciones y premios como el Nacional de fotografía por A través del espejo, el Ecoperiodista o el Premio a la trayectoria profesional Racimo.
En la nota final, Fermín Herrero explica el proceso de escritura de estos poemas a partir de los juéjù de la tradición poética china. Estos cuartetos tienen una predisposición rítmica y estructural compleja y están condicionados por el uso de un número máximo de caracteres, lo que obliga a los autores a trabajar minuciosamente la simbología sobre la sugerencia y la complicidad de la lectura. No es intención de Fermín Herrero la traslación automática de esta exigente fórmula a sus textos, sino partir de ella para profundizar en una de las características de su poética, la concisión. Aunque en los versos de Húrgura queden rastros intencionados del decir oriental, el viaje desde China hasta las tierras castellanas es uno de los grandes logros de este libro. Estos versos parecen nacidos naturalmente en las tierras sorianas, a las que se arraigan por el sabio y medido uso de palabras, expresiones y la hondura del pensamiento expresado sin adornos retóricos. Lo que en su origen era una estrofa china, queda enraizado en la tierra castellana como si nunca hubiera sido de otro sitio, otra de las características de la poesía de Fermín Herrero.
En la misma nota final, el autor da cuenta de la razón del título. Húrgura es un localismo soriano (de las laderas del Oncala), que a Fermín Herrero le lleva a los vientos más fríos del invierno acompañados de nieve y que él escribe con h por intuición y en singular porque así lo ha oído en su lugar natal, frente al uso sin h y en plural que hizo el escritor Abel Hernández, soriano de Sarnago, en Historias de Alcarama (2008). Una misma palabra en diferentes variantes empleada por dos grandes escritores, que de esta manera procuran su conservación para siempre y evitan su pérdida en la memoria de los hablantes. La palabra, de origen enigmático y sonoridad trágica, describe en gran medida este libro.
En Húrgura está presente una mirada reflexiva del poeta al paisaje. Es esta mirada constante a la naturaleza la que desencadena la imagen y el significado:
las manzanas. Y cuelgan. Cuelgan
con ese desamparo. El nuestro. De hace
tiempo, después de tanto hielo, reblandecido.
La naturaleza es siempre generosa en su entrega, incluso cuando al ser humano no se lo parece porque se le antoja inhóspita. La mirada del poeta sabe ver esa generosidad, la condición más intensa del mundo. No siempre hay esta complicidad reflexiva con el paisaje en la poesía de Fermín Herrero, también hallamos perplejidad, una cierta extrañeza en la que choca el sentimiento y la razón humana, teñida de un cierto pesimismo, y la actitud de la naturaleza, seguramente más cierta:
el sol. No los entiendo. Menos aún soy
que hormiga, mota, nada. Cantan los pájaros
en la puesta de sol, quién los comprende.
Por eso mismo, la unión más natural es aquella en la que la voz poética se fusiona con el elemento natural sin saber siquiera que lo hace:
con las primera gotas del chubasco.
Las hojas se esponjaban y en su turbación
también estaba yo, sin entender sabiéndolo.
Por eso mismo, todo en la naturaleza parece sagrado. El poeta, al podar un arbusto, tira al suelo un nido que estorbaba y se queda mirándolo: "Y cómo / recogerlo ahora, después de profanarlo". Lo único que parece estar a la altura de esa condición, es la entrega de los seres humanos a su labor con la misma generosidad, sin esperar otra gratificación que el natural suceder de las cosas. Por eso, es especialmente importante en la poesía de Fermín Herrero el sentimiento de sucesión, respetuoso y admirado, entre padres e hijos. Aquí, el recuerdo de su padre vestido de domingo, subiendo el puerto en bicicleta para ver a su madre cuando eran novios ("Es mi primer recuerdo / y eso que yo no había nacido"), o la conciencia de pertenecer a un mundo que se concreta en el trabajo diario y en el hogar:
la noche. Escucho. En la cocina
la lumbre hace humo, bondad
morriña. Escucho. Así os recupero.
Acompañan y dialogan con los poemas las excelentes fotografías de Henar Sastre, que tienen la misma tonalidad del paisaje, la sutileza de la naturaleza, la delicada labor estacional del mundo, en el que la misión del ser humano debiera ser la del respeto a la cosas, para que sucedan en un orden natural. No se trata de una ilustración, sino de otra parte esencial de este libro, aportando en imágenes la mencionada condición de la naturaleza. La mirada de Henar Sastre reposa sobre el paisaje o sobre pequeños fragmentos de la naturaleza en los que está toda ella, su mismo sentido generoso de entrega y ciclo vital.